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jueves, 7 de diciembre de 2017

diciembre 07, 2017

Desafíos de la educación cristiana a las puertas del tercer milenio

Discurso
LOS DESAFÍOS DE LA EDUCACIÓN CRISTIANA A LAS PUERTAS DEL TERCER MILENIO,

brindado por el P. Peter-Häns Kolvenbach, S.J.,
Prepósito General de la Compañía de Jesús 

en Arequipa, Perú, el 18 de julio de 1998.


Es una gran satisfacción encontrarme entre ustedes, jesuitas, directivos, comunidad educativa del Colegio «San José», y personas vinculadas al mundo de la educación. Con ustedes doy gracias a Dios por los cien años de servicio de este colegio, y rindo mi homenaje de gratitud a quienes, a lo largo del tiempo, consagraron sus vidas al apostolado de la educación, y contribuyeron a la formación humana y cristiana de numerosas generaciones que han dado lustre a la ciudad de Arequipa y al Perú.


Educar y evangelizar

La Educación es una tradición viva de la Compañía de Jesús. Desde sus inicios, y a través de sus más de cuatro siglos de historia, la Compañía ha considerado siempre la educación como un terreno privilegiado para ejercer su misión. En el Perú, desde fines del siglo XVI, la Compañía se dedicó de manera especial a la educación, sin olvidar la de los indígenas haciendo así obra de evangelización y cultura. Educar era esencial en la labor misionera.

Con la restauración de la Compañía, en los tiempos de la República, los jesuitas del Perú retornan al campo de la educación, convencidos de que es éste uno de los medios más poderosos para el desarrollo integral de la persona humana, la transformación de la sociedad y el anuncio del Reino. La educación constituye en este país uno de los principales ministerios de la Compañía. Para la Compañía, la educación sigue siendo parte integrante de su misión.

Evangelio y educación están estrechamente unidos. Con su presencia en el mundo de la educación -en la ciudad o en el campo, atendiendo a medios sociales urbanos o a sectores marginales-, la Compañía de Jesús no pretende sino cumplir con su misión, en continuidad con el mandato de Cristo Maestro. Su objetivo es el de evangelizar educando, y el de educar evangelizando.

Sin embargo, educar y evangelizar en este fin de siglo no es lo mismo que hace cien años. En el umbral del Tercer Milenio, la sociedad se ve enfrentada a desafíos nuevos, que están produciendo un profundo impacto en la sociedad. La educación, como fenómeno social, y la misma evangelización, no quedan al margen de este hecho. Ignorar los retos que el nuevo contexto sociocultural, político y económico lanza a la misión, sería condenarse a no poder traspasar el umbral del nuevo Milenio.

No es mi propósito trazar una descripción completa del escenario mundial en que va a tener que desenvolverse nuestra misión en este viraje de la historia. Dentro de tantos factores nuevos a los que hoy la humanidad se enfrenta, quisiera simplemente poner de relieve algunos interrogantes que interpelan profundamente a la educación.


Educar en tiempos de globalización

El escenario en que nos encontramos -la «composición de lugar», como diría Ignacio de Loyola- lleva hoy el signo de la globalización. En esta aldea planetaria la mundialización de todas las esferas de la actividad humana adquiere dimensiones nunca vistas. La caída de los muros, la supresión de barreras económicas y financieras, los avances de la ciencia y de la tecnología, las increíbles perspectivas abiertas por la información y la comunicación universal, nos lanzan a un universo prodigioso y desconocido.

La globalización como tal no implica una connotación negativa; más bien ofrece inmensas posibilidades para el desarrollo de la humanidad. Pero cuando no se respetan los valores más fundamentales de la persona humana -como ocurre en el campo económico con la absolutización del libre mercado-, la globalización resulta verdaderamente nefasta. Conocemos los efectos de las políticas neoliberales: concentración de la riqueza, exclusión, ahondamiento de la brecha entre ricos y pobres, exacerbación del individualismo, competitividad desmedida, ausencia de consideraciones éticas y valorales. Los Provinciales de la Compañía en América Latina publicaron hace un par de años una carta sobre el neoliberalismo en que llaman a reflexión sobre los alcances de esta doctrina.

La educación no puede sustraerse a la globalización y al fenómeno del mercado. Más aún, la educación corre el riesgo de reproducir en su ámbito los mismos efectos perversos que se están produciendo en el terreno económico: concentración del saber y del poder en unos pocos, exclusión de los débiles, aumento de las diferencias, inversión de valores. El discurso de la calidad, la competencia y la eficiencia - insoslayables en nuestros días-, puede de hecho lograr efectos contrarios a los pretendidos, en beneficio de unos y perjuicio de otros. En la nueva sociedad del conocimiento, el abismo entre quienes saben y quienes no saben, se acentúa cada día más. Los pobres siempre pierden en la carrera del libre mercado. «Para los pobres, a la falta de bienes materiales se ha añadido la del saber y de conocimientos», dice Juan Pablo II (Centesimus Annus, 33).

El desafío no puede ser más grande. ¿Cómo educar en tiempos de globalización, de neoliberalismo económico? ¿Cómo un colegio de jesuitas, la educación católica, puede hacer frente a esta realidad?

Es preciso volvernos a las palabras de Jesús, que ora al Padre por sus discípulos: «no te pido que los saques del mundo, pero sí que los defiendas del maligno» (Jn 17,15). Ser cristiano es serlo en el mundo. El mundo de la globalización es la realidad en que nos toca ahora desenvolvernos. Una de las intuiciones fundamentales de Ignacio de Loyola fue la de que hay que insertarse en el mundo para encontrar a Dios. No hay disyuntiva para él entre Dios y el mundo: Dios está presente en el mundo, y la misión consiste precisamente en lograr que el mundo sea plenamente en Dios (CG 34,d.4, n.7). Educar hoy es educar en el marco de la globalización. Estamos dentro de ella, y con ella tendremos que manejarnos; pero no aceptaremos sin más todo lo que ella nos ofrece.

¿Podrá la educación hacer frente al sistema, sin dejarse absorber por el orden de valores y los criterios dominantes? ¿No corren los educadores el riesgo de ser acusados de complicidad con el sistema? La tentación del abandono no es infrecuente. Pero no por esto hay que abandonar el terreno. No es posible salirse del mundo. Son los gajes de la misión. Fiados en la palabra de Jesús, creemos que es posible educar en cristiano.


La cultura de la globalización. Nuestros signos distintivos

¿Cómo podrá una institución educativa de la Compañía -y la educación católica en general- hacer frente a los desafíos de la cultura de la globalización? Para contrarrestar las presiones y los influjos negativos del ambiente, será necesario que nuestra educación tenga un proyecto muy definido y una práctica educativa coherente con él. En el contexto de la globalización imperante, quisiera señalar algunos como signos definitivos que deberían caracterizar a este estilo de educación. 

El primero se refiere a la identidad propia del centro educativo. Por obvio que parezca, lo primero de una escuela es que sea escuela. (Tomo el término «escuela» en el sentido de institución escolar). Y, al mismo tiempo, que esta escuela lleve el sello que la caracterice como católica. El sustantivo escuela y el adjetivo católica deben ser respetados en todos sus alcances e integrarse entre sí.

Como escuela, deberá propender a la formación integral de la persona humana, a través de la asimilación sistemática y crítica de la cultura.

Como católica, deberá ofrecer una concepción cristiana de la realidad, centrada en la persona de Jesucristo, su vida y su anuncio del Reino. El proyecto educativo deberá saber integrar ambas dimensiones, en el contexto concreto de la globalización, que es la cultura propia de este fin de siglo.

Nuestra educación tiene una determinada visión de Dios, del ser humano, del mundo, y una misión muy precisa. Esta visión y misión no son negociables. Ellas son como nuestras señas de identidad, que nos distinguen dentro del océano globalizador y nos diferencian de él.

La cultura de la globalización presenta exigencias muy determinadas. La calidad, la competencia, la eficiencia, los resultados, son algunas de ellas. Una escuela que pretenda verdaderamente ser tal, no puede dispensarse de estas exigencias, so pena de quedarse desfasada. Pero la respuesta de la escuela debe llevar el sello propio que le viene de su carácter católico. Es necesario todo un proceso de discernimiento, por usar de nuevo un término ignaciano, para diferenciar lo que aceptamos y lo que rechazamos de la globalización, y por qué.

La calidad, esencial en el esquema dominante, la entendemos en el marco del desarrollo integral de toda la persona y de todas las personas. Cuando la calidad redunda sólo en beneficio de unos y excluye a otros, se puede dudar del sentido humano de semejante calidad. La calidad -calidad total, como hoy se reclama- exige centros educativos al ritmo del tiempo, actualizados en cuanto a sus objetivos, sus contenidos, sus metodologías, su equipamiento, su estilo de gestión. La excelencia es desde hace siglos uno de los temas más acentuados en la pedagogía jesuítica. Pero no es solamente la excelencia académica la que pretendemos, sino la excelencia humana. La excelencia no siempre coincide con el magis ignaciano.

La competencia, característica típica del modelo en vigencia, es también una exigencia de la educación católica. Pero hay competencia y competencia. La ciencia, la tecnología y el mundo de los medios, son terrenos nuevos en los que toda escuela que se precie tiene necesariamente que incursionar. El conocimiento no tiene límites, y, hoy más que nunca, es evidente que «saber es poder». Sin embargo, no es «el mucho saber» lo que importa, como decía también Ignacio. Es también el sentir, el saber con y el saber para, el compartir, el servir. En un mundo en que la competencia degenera en competitividad sin límites, y en que el individualismo y la insolidaridad crean nuevas fronteras y exclusiones es preciso recuperar el discurso del ser para los demás, el saber y el poder como servicio, la solidaridad, la compasión en el sentido más pleno de la palabra.

La búsqueda de eficiencia y de resultados, otra característica del esquema actual, no puede hacernos perder de vista el porqué y el para qué del conocimiento, de la ciencia, de la técnica, de la economía, de la vida humana. Donde no se respeta a la persona humana, Dios está ausente. Quien está familiarizado con la espiritualidad de Ignacio de Loyola, entenderá lo que significa que las cosas «son creadas para el hombre». Ante la absolutización de los medios y de los fines, la palabra de Jesús es muy clara: «el sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27), «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?» (Mc 8,36). La eficiencia y los resultados que debe perseguir una escuela católica, se deban inscribir en el marco de una teología y una ética de los fines y de los medios, subordinados siempre a la gloria de Dios, que es el bien de la persona humana.

Los valores (o antivalores) que impone la cultura de la globalización, deben ser pasados también por el tamiz de la crítica y ser objeto de discernimiento. Nuestra educación debe ser portadora de valores, profundamente humanos y cristianos. Por su identidad y su práctica diaria, nuestras instituciones deben tener la capacidad de impregnar todo su ser y su quehacer de los criterios y valores del Evangelio. Deben ayudar a discernir lo que vale de lo que no vale, desenmascarar, evaluar, y aceptar o rechazar lo que en cada caso ofrece o impone este mercado global que nos invade.

Nuestros centros deben volver a enseñar a leer y escribir la realidad, para que los alumnos sepan interpretar con espíritu crítico el cúmulo de datos que les inunda, y sean capaces de actuar con rectitud. Deben personalizar y ayudar a crecer a las personas y a la comunidad, para vivir con plenitud su vocación de servicio, en un mundo justo, solidario, fraterno. Así es como el centro evangeliza educando, y educa evangelizando.

Más aún, nuestras instituciones deben ser capaces de regenerar valores «en peligro de extinción», y de ofrecer antídotos a los falsos valores del sistema. En nuestros centros se debe respirar como un aire nuevo y puro, que ayude a los miembros de la comunidad a desintoxicarse del aire contaminado que lo invade todo: individualismo sin medida, competitividad salvaje, insolidaridad, materialismo, hedonismo, insensibilidad ante los otros, ausencia de principios éticos, falta de compasión. La ecología debería preocuparse también de la calidad de ese aire.


De la exclusión a  la inclusión

Uno de los efectos del proyecto neoliberal es la exclusión de hecho. La educación -cualquier educación- es ya en sí un privilegio en muchas partes del mundo. Baste ver las cifras de deserción escolar en muchos países, para comprobarlo. Nuestros mismos colegios, a pesar de los esfuerzos realizados por abrirse a todo público, de hecho no son accesibles a todos por igual. Existen impedimentos externos -entre ellos la falta de reconocimiento por parte del Estado del carácter público de la educación no estatal-, que condiciona nuestro deseo de admitir alumnos de toda condición social, y que coartan la libertad de los padres de familia.

Dentro de estas limitaciones, debe quedar bien claro que, cualquiera que sea el público al que atiendan, nuestros colegios no pueden ser excluyentes ni exclusivos, ni pueden estar al servicio de un segmento social determinado. Nuestra voluntad es de hacerlos lo más inclusivos posible, entendiendo por ello un proyecto educativo abierto a todos los sectores sociales, especialmente a los pobres.

Tal vez no sea siempre factible integrarlos en nuestros colegios, ni sea ésta la mejor solución práctica, por razones sobre todo culturales. Esto no debe significar un fácil expediente para justificar la inacción, y seguir haciendo igual que siempre, a cuenta de los pobres. A los pobres hay que tomarlos en serio, como Jesús los tomó en serio y les dio sus preferencias. Y si los pobres no pueden siempre acudir a nuestros centros educativos, nuestros centros educativos deben ir a los pobres. Que todo el mundo sepa que ellos son el referente obligado de nuestra educación. Especialmente en un contexto en que los pobres son la mayoría y su número va en aumento. Ellos son parte integrante de nuestro proyecto educativo, en busca de una sociedad justa y solidaria, en que desaparezca toda clase de exclusiones.

La tan decantada opción por los pobres, no es una moda pasajera, por cierto incómoda para algunos. El último documento de la Congregación para la Educación Católica, caracteriza a la escuela católica como «escuela para todos, con especial atención a los más débiles», y menciona a los «nuevos pobres» y las «nuevas pobrezas que interpelan a la escuela católica» (La Escuela Católica en los umbrales del Tercer Milenio, n.15). No sólo para la Iglesia, sino en el discurso de los mismos organismos internacionales, los pobres han pasado al primer plano del escenario mundial. En buena hora. El asunto es pasar de los discursos a la práctica.

La calidad, la competencia, los resultados, la eficiencia, y la práctica toda de nuestros centros, deben medirse también desde la perspectiva de los pobres. Una vez más quisiera reiterar lo que tantas veces he repetido a colegios y universidades de la Compañía. Deberíamos exigir a todos nuestros alumnos que usen la opción por los pobres como un criterio, de forma que nunca tomen una decisión importante sin pensar antes cómo puede afectar a los que ocupan el último lugar en la sociedad.

Para los jesuitas, lo que acabo de exponer en este encuentro sin duda no les resulta nuevo. No es sino una relectura, para tiempos de globalización y de neoliberalismo, del documento Características de la educación de la Compañía de Jesús (1986), así como de la Pedagogía Ignaciana (1993), en donde está descrito cuál es «nuestro modo de proceder» en educación. La educación de la Compañía lleva un sello propio, que deriva del carisma de Ignacio y de su tradición secular, y que la hace perfectamente válida para estos tiempos. Les invito a todos a traducir a la realidad las orientaciones de estos documentos y hacerlas sustancia propia.


La educación, dentro del proyecto global de la misión

Dentro de la misión de la Compañía, la globalidad (por no hablar de globalización) tiene también un sentido particular. San Ignacio gustaba de referirse a la Compañía como a un cuerpo. Los jesuitas constituyen un cuerpo apostólico en la Iglesia, al servicio de la misión. Las diversas obras apostólicas -en el terreno educativo, en el social o en el pastoral-, no se contraponen, sino que componen un mosaico global en que todas las piezas son necesarias y encajan entre sí. Los jesuitas, repartidos por todo el mundo, cubren distintas áreas, cumpliendo apostolados diferentes y realizando entre todos un proyecto global: el proyecto del Reino.

En el terreno educativo, la Compañía cumple su misión de muy diversas maneras. No existe una forma unívoca de educar, ni un modelo único. Hubo un tiempo en que pudo surgir la sospecha de que los colegios tradicionales de la Compañía ya habían cumplido su papel histórico, y que más valdría dedicarse a otras formas de apostolado. La crítica anti-escolar a escala mundial, la disminución del número de efectivos jesuitas, y la supuesta incapacidad de las instituciones educativas para educar para la justicia e inducir cambios de estructuras en la sociedad, hicieron pensar que los colegios no tenían ya razón de ser.

Los colegios se sintieron profundamente interpelados y emprendieron un proceso de transformación radical, que dio sus frutos, y que no ha concluido. En términos generales, creo poder afirmar que la crisis se superó, y que las instituciones educativas de la Compañía han encontrado un nuevo sentido a su ser y a su quehacer. Hoy sería una irresponsabilidad abandonar no sólo el campo de la educación, sino el de la escuela.

Desde la perspectiva de la misión, educación y escuela siguen siendo terreno privilegiado para la evangelización. Pocos espacios se encontrarán en que se dé una interacción tan cercana y constante, durante tantas horas al día y a lo largo de tantos años, entre alumnos, familias, profesores y comunidad. Renunciar a la educación significaría abandonar una parte importante de la evangelización, y de la «nueva evangelización». Pero sólo instituciones nuevas y renovadas, centenarias o no, pueden encontrar respuestas a los interrogantes de cada época y enfrentarse a los desafíos del futuro.

En el Perú, la Compañía tiene una larga historia de compromiso con la educación. Los colegios tradicionales, «Fe y Alegría», los Centros de Educación y Promoción Social, las instituciones de educación superior, y otras modalidades educativas no formales, ofrecen una amplia gama de servicios al país. Cada obra no llega a todos los sectores; pero, como cuerpo apostólico, entre todas llegan a todos y realizan el proyecto global.

En esta tarea corporativa, junto con los jesuitas, centenares de educadores y educadoras laicos, de reconocida profesionalidad y dedicación, no escatiman esfuerzos en su entrega a la misión común de educar y evangelizar. A todos ellos, a través de quienes los representan en este encuentro, quiero hacer llegar un saludo muy afectuoso y expresarles mi reconocimiento. La Compañía se siente agradecida por la colaboración de tantos laicos y laicas comprometidos en la educación, y está dispuesta a colaborar con ellos, poniendo a su disposición lo que somos y hemos recibido: particularmente, nuestra herencia espiritual y pedagógica, y nuestra amistad. A ustedes, laicos y laicas comprometidos, corresponde y corresponderá asumir un rol cada vez más importante en el cumplimiento de la misión.

En el umbral del Tercer Milenio, la educación y la evangelización se enfrentan a desafíos globales jamás vistos. No estamos solos. El Señor de los tiempos y de la historia, Jesucristo, «que permanece el mismo hoy como ayer, y por la eternidad» (Heb 13,8), nos envía en misión. Que la fuerza de su Espíritu nos acompañe siempre para ser fieles servidores de la misión en el campo de la educación.


sábado, 30 de septiembre de 2017

septiembre 30, 2017

El compromiso de la Compañía de Jesús en el Sector de la Educación

Discurso
El compromiso de la Compañía de Jesús en el Sector de la Educación,

brindado por el P. Peter-Häns Kolvenbach, S.J.,
Prepósito General de la Compañía de Jesús 

en el Liceo de Gdynia, Polonia, el 10 de octubre de 1998.


Quisiera hablarles hoy del empeño de la Compañía de Jesús en el sector de la educación. Pero, ante todo, deseo expresarles mi alegría por compartir con ustedes la bendición de una parte del nuevo edificio de este Liceo de Gdynia. Tras la forzada pausa de algunos decenios, la Compañía en Polonia vuelve a ofrecer aquí este apostolado tan típico de su historia. Hoy, cierto, somos testigos de un acontecimiento realmente particular y significativo.


La educación en la Compañía de Jesús

Desde sus comienzos, la Compañía de Jesús consideró a la educación como un terreno privilegiado para el cumplimiento de su misión. Inicialmente, san Ignacio de Loyola no había pensado en Colegios para estudiantes «externos», sino sólo para los jesuitas. Pero cuando cayó en la cuenta del alcance apostólico que podía tener la educación de la juventud, no dudó un momento en introducir esta nueva modalidad de trabajo en la Compañía, al punto que los Colegios se convirtieron no en un ministerio apostólico más, sino en uno de los ministerios por excelencia de la Compañía.

Los primeros estudiantes jesuitas solían frecuentar las clases de las grandes universidades de la época y vivían en Colegios fundados exclusivamente para ellos. A partir de 1545 se advierte un significativo cambio de orientación: la Compañía empieza a enseñar «públicamente», es decir, se admiten alumnos externos en los colegios jesuitas.

Pero es el 1548, hace exactamente 150 años, cuando la Compañía da un paso trascendental con la creación del Colegio de Messina (Sicilia), el primer Colegio fundado exclusivamente para estudiantes externos. El Colegio de Sicilia, uno de cuyos primeros profesores fue San Pedro Canisio, marca en la Compañía de Jesús el comienzo de una larga trayectoria educativa y de una tradición pedagógica que pervive hasta nuestros días, que se hace presente hoy en este Liceo.

El motivo determinante que llevó a Ignacio de Loyola a fundar Colegios no fue otro que la «ayuda de las almas», y «el mayor servicio divino», como se repite tantas veces en las Constituciones d ella Compañía de Jesús. El objetivo que se pretendía con la educación de la juventud era entonces -y sigue siéndolo en nuestros días claramente apostólico. Las escuelas se crean «para enseñar letras y buenas costumbres a la juventud y, por medio de los hijos, tirar a los padres y deudos al divino servicio» (Mon. Paed. I, 432).

En un contexto religioso tan intrincado como el de la Europa Central del siglo XVI, existía además un motivo adicional para la creación de colegios. La educación de la juventud era la encrucijada donde se iba a definir el futuro religioso de muchos países. Lo comprendieron muy bien no sólo los jesuitas, sino también los reformadores de aquella época. Lutero y Calvino y sus secuaces, captaron la importancia de la escuela como el verdadero campo de batalla donde se iba a jugar el futuro de la Reforma. «Le Collège -escribe uno de los reformadores (Pierre Toussaint), en 1537)- fera plus pour l'Évangile que tous les sermons. L'avenir est là, in ‘pueritia recte instituta aut instituenda’».

Nada tiene de extraño, pues, que cuando Pedro Canisio preguntara en 1554 a Ignacio de Loyola de qué manera podría la Compañía ayudar a los pueblos de Europa Central, asolados por las guerras de religión, Ignacio le respondiera que a través de la creación de Colegios. Desde el punto de vista histórico, no es exagerado sostener que la red de Colegios jesuitas logró un papel determinante en la consolidación y el desarrollo de la fe católica en muchas regiones de Europa y de fuera de Europa.

La intuición de los primeros jesuitas fue rápidamente tomando cuerpo. A la muerte de Ignacio de Loyola (1556), la Compañía de Jesús dirige alrededor de 40 colegios, fundados en su mayor parte para estudiantes externos. Desde la segunda mitad del siglo VXI, una extensa red de colegios va cubriendo el mapa de Europa y de los países de misión. En Polonia, no se pueden dejar de mencionar los colegios fundados en Braniewo, Pultusk, Poznán, Jaroslaw, Kañisz, Polock y muchos otros.

En 1599 se publica la famosa Ratio Studiorun, que durante siglos definirá y dará sentido de unidad al sistema pedagógico de los jesuitas. La red educativa se expande sin cesar por todos los continentes. Cuando en 1773 la Compañía es suprimida, los jesuitas tienen que retirarse de cerca de 700 colegios y 30 universidades. Por cerca de 40 años, la labor educativa de la Compañía se eclipsa en todo el mundo, con la excepción de Bielorrusia, donde la Compañía sobrevive providencialmente. De aquel tiempo data la Academia de Polock (1812).

Con la restauración de la Compañía en 1814, laboriosamente se vuelve a tejer la red educativa jesuítica. Hoy en día, la Compañía de Jesús sigue comprometida en el
mundo de la educación, como uno de sus principales ministerios apostólicos. En la actualidad, cerca de 6,000 jesuitas -una larga cuarta parte de todos los jesuitas- trabajan en educación. Su labor abarca a cerca de 200 Universidades e instituciones de educación superior, y más de 1,000 instituciones educativas de nivel primario, secundario y técnico, que prestan su servicio aproximadamente a 1,250,000 alumnos al año, en 68 países. Los últimos documentos d ella Compañía, han ratificado la importancia que la Compañía asigna a este apostolado, tanto en el sector d ella educación formal como en el de la educación no formal y en varias otras modalidades de educación técnica, educación popular y educación de adultos.

En este país, y en otros países de Europa Oriental, el régimen comunista comprendió perfectamente que el control de la educación era clave para poder sustentar su modelo. De ahí su política de excluir sistemáticamente cualquier influencia cristiana de la educación. La dura experiencia de más de 50 años ha puesto de relieve la eficacia y los nefastos resultados de tal política, a la vez, que nos alecciona sobre las consecuencias a que podría llevar el abandono del terreno de la educación.

Tras la caída del régimen comunista en Polonia, los ex-alumnos de nuestro Liceo, aquí presentes, planearon el renacimiento de esta escuela, suprimida en 1947. No tuvieron que esperar mucho, porque ya en 1994 comenzaron sus estudios los primeros alumnos, bajo la guía de profesores laicos imbuidos ya por entonces en la pedagogía ignaciana.

Por este motivo, me congratulo hoy sobremanera por la inauguración de este Liceo, que reanudará una tradición educativa secular y que constituye un claro exponente de la vitalidad apostólica y de la voluntad de servicio de la Compañía de Jesús en Polonia.


La inspiración ignaciana de un colegio de jesuitas

Es verdad que, desde sus comienzos, el objetivo de la Compañía al incursionar en el terreno educativo fue inminentemente apostólico. Pero nos equivocaríamos si creyéramos que los Colegios de la Compañía fueron un simple pretexto para mantener y propagar la fe católica. La educación tiene sus propios fines y objetivos, que no pueden instrumentalizarse al servicio de cualquier otra causa.

Lo primero de un colegio de la Compañía, por obvio que parezca, es que sea un colegio. Pero debe ser un colegio cuyos objetivos, orientación general y práctica pedagógica se fundamenten en un sistema de valores, significados y en una concepción del ser humano, del mundo y de Dios, que son los propios de San Ignacio de Loyola. En esto consiste la inspiración ignaciana de un colegio de la Compañía.

Una de las características de la espiritualidad de Ignacio de Loyola fue siempre su profunda persuasión de que no existe para el ser humano camino para la auténtica búsqueda de Dios que no pase por una zambullida en el mundo de la creación (CG 34, d.4, n.7). Si el ser humano es el camino hacia Dios, para Ignacio de Loyola el punto de encuentro del ser humano con Dios esta en el mundo. Traducido al terreno de la educación, este principio ignaciano significa que el encuentro del ser humano con Dios se da en el campo de la cultura. Fe y cultura están estrechamente relacionadas. He aquí uno de los rasgos distintivos de la educación de la Compañía de Jesús: una educación profundamente enraizada en la realidad del mundo, y una educación eminentemente humanista.

A lo largo de los siglos, la Compañía de Jesús ha tratado siempre de anunciar el Evangelio insertándose en el universo cultural de cada momento. En el siglo XVI, la educación de los jesuitas se enfrentó al reto de inculturarse en el humanismo renacentista.

Hoy, se enfrenta al reto de insertarse en la «nueva cultura» moderna o posmoderna, en el marco de una sociedad que lleva el signo de la globalización y del libre mercado. En un mundo configurado por la ciencia y la tecnología, éste es el escenario en el que el hombre está llamado a encontrarse con Dios, re-creando un nuevo tipo de humanismo acorde a nuestro tiempo.

Sería un error que este Liceo, u otros establecimientos educativos de la Compañía, fueran la simple continuación de lo que los colegios de jesuitas fueron en siglo o en décadas pasadas. No se trata de reeditar el pasado, ni tampoco de importar modelos de otras partes. A la luz de la inspiración ignaciana, se trata de responder con imaginación y creatividad a los retos que el mundo de hoy y esta sociedad concreta plantean a nuestra educación.


Algunos rasgos característicos de la educación ignaciana

Permítanme señalar algunos rasgos de lo que, en este contexto concreto, podría caracterizar la inspiración ignaciana de este Liceo.

[1]. El primero sería el sentido de la persona. El hombre -el ser humano ante la presencia de Dios- es la primera palabra de los Ejercicios Espirituales de Ignacio de
Loyola. Están ustedes saliendo de un sistema político y económico en que el hombre y sus libertades estaban sometidos a un régimen colectivista, y en el que Dios era sistemáticamente ignorado. Hoy más que nunca es necesario recuperar el verdadero sentido de la persona humana y su dimensión trascendente.

La educación no puede sustraerse a la globalización y al fenómeno del mercado. Pero insertarse en la realidad -según el principio ignaciano antes mencionado-, no significa dar por bueno todo lo que dicha realidad implica. Es necesario adoptar una actitud sanamente crítica ante ella, y ayudar a nuestros jóvenes y a sus familias a discernir lo que la nueva cultura contiene de bueno y lo que en ella es inadmisible. Bajo apariencias de máxima libertad y de realización personal, pueden enmascararse en el sistema vigente nuevas forma de esclavitud y de masificación. La sociedad de mercado esconde refinadas formas de individualismo y de egoísmo, así como una sutil manipulación del pensamiento y de los sentimientos d ella persona humana, especialmente a través de los medios. Enseñar a pensar, a discernir, a elegir rectamente y en solidaridad con los demás, será cometido inexcusable de una educación verdaderamente ignaciana hoy.

En un contexto de libre mercado como el que nos invade, será necesario también hacer frente a toda tentación de absolutización. El único absoluto es Dios; y, en su grado, la imagen de Dios, que es todo ser humano. No es el hombre para la economía, sino la economía para el hombre; como el sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado, según la enseñanza de Jesús.

El torbellino del consumismo y la fascinación que ejerce sobre los jóvenes -y no tan jóvenes- el modelo capitalista (que de ninguna manera puede considerarse alternativa válida al modelo comunista, como muy bien lo ha declarado el Papa Juan Pablo II), está transformando profundamente nuestros patrones culturales y afectan al sentido mismo de lo humano.

El discurso de la calidad, la competencia y la eficiencia –ciertamente insoslayables en nuestros días- puede conducir a una exacerbación del individualismo, a la competitividad salvaje e incluso a la corrupción, si tal discurso no viene acompañado de una orientación ética y valoral. La misma excelencia que debe pretender nuestra educación -el magis ignaciano- puede llevar a la perversión si pierde de vista la dimensión de la totalidad. No es simplemente la excelencia académica la que se pretende, sino la excelencia humana.

[2]. Al sentido del hombre, se añade en nuestra educación otra dimensión fundamental: el sentido de Dios. Sólo en Dios encuentra el ser humano su plena significación. En un mundo en que los avances científicos y tecnológicos parecen haber convertido en superfluo el concepto mismo de Dios, no nos dejaremos tentar por larvadas formas de negación práctica de Dios, más sutiles y no menos funestas que el ateísmo oficial que sufrió este país hasta hace pocos decenios.

Siglos atrás, en una sociedad religiosa y creyente, la educación de los jesuitas no encontraba dificultad en compaginar «virtud y letras», como decían nuestros mayores («virtus et litterae», «scientia et mores», «sapientia et religio»). Hoy, en una sociedad predominantemente secular, al menos en Occidente, en que el hecho religioso resulta cada vez más irrelevante, nuestra educación se enfrenta ante el reto de lograr la síntesis entre «Evangelio y cultura moderna», «ciencia, tecnología y fe», «mundo y Dios».

Nuevos areópagos de la cultura y de la civilización contemporánea se abren a nuestro lado, atrayendo irresistiblemente a los jóvenes, mientras en muchas partes se vacían los templos. Relativismo y permisivismo van hoy de la mano, en un mundo que parece haber perdido las coordenadas. El mismo bienestar material alcanzado lleva muchos a vivir como si Dios verdaderamente no existiera, o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de la coherencia, como ha subrayado el mismo Juan Pablo II (Tertio Millennio Adveniente, e.35, 57).

No se puede ser cristiano sino en el mundo. Y es en esta realidad del mundo, en este contexto difícil y a menudo indiferente o adverso a la fe, donde nos toca hoy educar, descubriendo y haciendo descubrir a nuestros alumnos y a sus familias la presencia salvadora de Dios.

[3]. El sentido de Dios y el sentido del hombre, cobran para nosotros su plena dimensión en la persona de Jesucristo. Siguiendo a Ignacio de Loyola, los jesuitas pedimos cada día conocer más al Señor que ha querido compartir nuestra condición humana, para que más le amemos y le sigamos. Sin sectarismos, y respetando siempre la libertad personal, una educación de inspiración ignaciana debe proponerse anunciar la persona de Jesús y la Buena Nueva del Reino, para lograr de sus alumnos, en la medida de lo posible, un compromiso libre y maduro en el seguimiento de Jesús, en su Iglesia.

En Jesús, el hombre-para-los-demás por excelencia, aprenderán también nuestros jóvenes y sus familias a hacer realidad una serie de actitudes que toda educación verdaderamente ignaciana considera fundamentales: el servicio, la compasión, la solidaridad con los más pequeños y necesitados de nuestros hermanos, la gratuidad, el perdón, el sacrificio, el compromiso, el don de sí mismo sin retorno, el amor. La vivencia de la fe en la comunidad eclesial no puede olvidar tampoco aspectos tan fundamentales como la catequesis y el culto, obviamente adaptados a la mentalidad moderna y al lenguaje de los jóvenes, en un mundo en el que la predominancia de la imagen está transformando los viejos códigos de la comunicación.

[4]. Esta fe viva en Jesucristo deberá expresarse también en obras de justicia. En este último cuarto de siglo, la Compañía de Jesús ha redefinido su misión como «el
servicio de la fe y la promoción de la justicia». Fe y justicia son el signo distintivo que debe caracterizar a cualquier obra apostólica de la Compañía. Educar en la fe, en vistas a la edificación de un mundo justo y fraterno, es compromiso indeclinable de todo Colegio de la Compañía. Cuando todavía no se han cerrado las heridas de sistemas absolutistas y discriminaciones que han hecho sufrir a tantos pueblos, nuestro mundo se enfrenta hoy a nuevas formas de injusticia y de exclusión, productos en gran parte del sistema económico imperante, en el que la brecha entre ricos y pobres se ahonda cada día. La tan decantada «opción preferencial por los pobres», debe ser algo más que una simple frase que se repite en las declaraciones de principios de nuestros colegios. Tenemos que descubrir que, junto a nosotros, viven pobres en sentido material, pero también psíquicamente disminuidos, marginados, sin-techo, desocupados, extranjeros.

En un Colegio de la Compañía, los pobres no pueden ser simplemente objeto de compasión, sino punto de referencia irrenunciable en la estructura misma de la escuela y en todo el proceso educativo. Como las Bienaventuranzas de Jesús o el Magnificat de María. Cualquiera que frecuente nuestros colegios debe tener bien claro que las posibilidades que ofrece nuestra educación no van encaminadas a la promoción egoísta de los individuos, sino en definitiva al crecimiento integral de todo el ser humano y de todos los seres humanos. No pretendemos formar hombres y mujeres sólo para sí, sino para los demás y con los demás, especialmente para los más desaventajados, a ejemplo de Cristo, que vino para que todos tuvieran vida, y vida en abundancia, y que dio su preferencia a los pobres.

Los últimos documentos de la Congregación para la Educación Católica caracterizan a la escuela católica como «escuela para todos, con especial atención a los más débiles», y menciona a los «nuevos pobres» y las «nuevas pobrezas» que no pueden sino interpelar a la escuela católica (La escuela católica en los umbrales del Tercer Milenio, n. 15). No será siempre fácil llevar a la práctica éstos principios, dados sobre todo los condicionamientos económicos de muchos colegios, que pueden limitar sus posibilidades concretas de acción. Esto no quita que no se deba tomar muy en serio esta orientación fundamental de la Compañía.


Conclusión: un proyecto educativo

Para los jesuitas y para quienes están familiarizados con la espiritualidad ignaciana, los puntos que acabo de exponer no son sin duda nuevos. Estos y otros rasgos de la inspiración ignaciana en el terreno de la educación son parte del proyecto educativo que debe inspirar a un colegio de la Compañía. Me remito simplemente a los documentos Características de la Educación de la Compañía de Jesús (1986), Pedagogía Ignaciana: un planteamiento práctico (1993), así como a los documentos de las últimas Congregaciones Generales de la Compañía.

Corresponderá ahora actualizar e inculturar estos principio y orientaciones, en el
contexto de la realidad polaca, siguiendo las huellas de nuestros antecesores. Los tiempos y los métodos han cambiado, pero la inspiración es la misma: la que se fundamenta en la visión de Ignacio y en la misión de la Compañía de Jesús. El desafío está lanzado.

Me dirijo ahora a los profesores y colaboradores laicos: deseamos ofrecerles una sólida formación espiritual y profesional. Nuestras Casas de Ejercicios están a su disposición. Lo mismo les digo respecto a la preparación profesional mediante diversos proyectos, como el Centro Pedro Arrupe o el «International Jesuit Educational Leadership Project»: deseamos condividir con ustedes nuestra experiencia para trabajar juntos en la óptica del «magis» ignaciano. Esta oferta resulta tanto más actual por cuanto en toda Polonia se está hablando de reforma escolar.

Se me ha informado del proyecto de «Escuela de Padres», iniciado en este Liceo. Es un cauce orientado a una mejor integración de los esfuerzos educativos de la familia y de la escuela. Quisiera animar a los padres de los alumnos del Liceo de Gdynia a tomar parte en esta preciosa iniciativa, puesta ya en práctica en nuestras escuelas de España.

El Liceo de Gdynia cuenta con un válido apoyo en el Centro Pedro Arrupe, que elabora nuevos métodos de enseñanza y prepara futuros líderes para la misión educativa.

La presencia de tal centro no sólo garantiza la continuidad e identidad del Liceo; puede influir también en otros centros educativos de su país.

Una palabra, en fin, a los alumnos y alumnas. Sus uniformes son un signo de su pertenencia a esta comunidad que llamamos Liceo de Gdynia. Traten de asimilar hondamente los valores que esta comunidad les propone: amar y servir siempre más.

En la nueva página de su historia que está hoy escribiendo Polonia, estoy seguro que los jesuitas y los laicos de este Liceo han de desempeñar un papel de primer orden en la encrucijada plena de desafíos y esperanzas a la que se enfrenta la educación en este país. Que el Señor les de la fuerza de su Espíritu para que este Liceo contribuya significativamente a la «ayuda de las almas», a mayor gloria de Dios.